Falleció el actor Daniel Martín
Miércoles, Septiembre 30th, 2009
Hace unos días se fue Víctor Israel, el pasado día 28 falleció en Zaragoza a los 74 años Daniel Martín, otro característico de la epoca de las coproducciones de género que a veces firmaba como Dan Martin o Danny Martin. Una enfermedad acabó con él rápidamente, casi sin darle respiro. Aunque se hizo popular por su personaje de Rafael en Los tarantos (1963), de Francisco Rovira Beleta, Martín, nacido en Cartagena en 1935 pero de larga vida zaragozana, no fue un rostro famoso, a pesar del éxito de Beleta, pero sí se hizo imprescindible de un buen número de películas en los 60 y 70, cuando los extranjeros venían a nuestro país a rodar sus películas de aventuras, cowboys o gladiadores, y cuando nosotros también nos acogimos a esa moda que dio buenos dineros en España. Daniel Martín participó, pues, en Gringo (1963), de Ricardo Blasco, La ley del forastero (1965), de Roy Rowland, El último mohicano (1965), de Harald Reinl, Uncas, el fin de una raza (1965), de Mateo Cano, Siete pistolas para Timothy (1966), de Romolo Guerrieri, Oro maldito (1967), de Giulio Questi, y hasta Por un puñado de dólares (1964), de Sergio… Leer más

Una muchacha cabalga sola por un bosque y es asaltada por unos bandidos, que la violan y la matan. Los bandidos siguen su camino y llegan precisamente a la casa de los padres de la muchacha, donde, haciéndose pasar por jornaleros, son acogidos y se les ofrece trabajo. Pero el jefe de los bandidos intenta venderle a su anfitriona la hermosa camisa bordada que le arrebataron a su víctima, lo que despierta la sospecha de los dueños de la casa... Qué buen argumento para uno de esos westerns claustrofóbicos de Anthony Mann, al estilo de El hombre del Oeste, por ejemplo. Pero no es un western, no al menos declaradamente, sino una de las películas de ambiente medieval y asunto teológico de Ingmar Bergman: El manantial de la doncella. Y eso, naturalmente, cambia las expectativas. En el primer caso, al inevitable estallido violento hubiera seguido una renovada conciencia del vivir, a la que el recuerdo de una experiencia ingrata no aporta sino una especie de cansada lucidez. En el otro, que es el que tenemos entre manos, el desenlace apunta inevitablemente a una sublimación que se dirime en terrenos que escapan a las expectativas meramente humanas: el vengador incurre en nuevas culpas, su conciencia abrumada le lleva a hacer severos votos de penitencia, la naturaleza misma se une a esta atmósfera de desmesura, añadiéndole un milagro...… 























