‘François Truffaut’ visto por Luis García Gil (en Cineastas nº 78, Cátedra)
Para Luis García Gil, hijo de poeta, hermano de poeta, él mismo poeta, Truffaut “era un poeta de la imagen, de una sensibilidad especial en el tratamiento de los personajes, en la capacidad de encuadrar, de dibujar y de contar historias” (pág. 25). ¿Hay lugar, en estos tiempos que corren, para la poesía? Para el gaditano García Gil, autor del libro François Truffaut, número 78 de la colección Signo e Imagen/Cineastas de Cátedra, no sólo hay lugar para la poesía, sino también para Truffaut, un cineasta al que cierta parte de la crítica relega “a esa región donde habita el olvido” (pág. 246). El libro es un estudio-homenaje al cineasta desde la mirada de un absoluto admirador, capaz incluso de soportar la lluvia en el Cementerio de Montmartre únicamente por ver su tumba y fantasear con la idea de encontrarse con Jean Pierre Léaud (el pequeño Antoine Doinel de Los cuatrocientos golpes).
Este análisis de la obra de Truffaut se sustenta en uno de los pilares de su filmografía: la infancia. García Gil defiende la idea de que Truffaut, como tantos otros cineastas, buscaba en cada película perfeccionar la anterior, encontrar al fin una manera exacta para narrar sus preocupaciones, arraigadas en su biografía primera. Su niñez fue su referente. Dice el autor del libro que su cine sigue el precepto de Oscar Wilde “de estar desarrollando las mismas ideas en el tiempo con lógicas evoluciones pero también con regresos a un mismo punto de partida. Como si ya la primera película resumiera intenciones y propósitos, a partir de los que gira y circula la obra posterior. En su cine ocurre, en ocasiones, esa sensación de querer volver sobre lo andado, de corregir, de volver a rehacer inconscientemente sus propias películas” (pág. 26-27). François Truffaut reivindica, pues, la figura y obra del director francés sin obviar tampoco su muy estimable faceta como crítico en Cahiers du cinéma o Arts o como excelente conversador en el libro El cine según Hitchcock. Hay que tener muy en cuenta que a Truffaut se debe buena parte del reconocimiento de Alfred Hitchcock como gran cineasta. La crítica nunca fue tan benévola con el mago del suspense como lo sería tras la publicación de ese indispensable libro.
“La personalidad poética de Truffaut es innegable y también la ternura única con la que retrató a los niños y mujeres y con la que miró y comprendió a esos hombres atribulados que no acabaron de asumir su lugar en el mundo” (pág. 246). Así defiende Luis García Gil al director a finales de su libro y continúa: “Miramos dentro de nosotros mismos y encontramos algo de Catherine, de Jules, de Jim, de Claude Roc, de Doinel o de Saroyan (…)” (pág. 247). François Truffaut rinde tributo al cineasta desde la admiración, el respeto y la comprensión. Desentraña claves, rezuma poesía y brinda al lector una mirada, limpia y entusiasmada, sobre un director que amó el cine y que se nos fue prematuramente.































Octubre 26th, 2009 a las 10:38 am
Me lo compraré.