De la mano de Buñuel
Sábado, Enero 9th, 2010
No sé cuántas veces habré visto L'âge d'or, de Buñuel: casi siempre, al socaire de acontecimientos más o menos externos (cursillos, aniversarios, etc.) y nunca de ese modo desinteresado en el que uno acudiría a ver, pongo por caso, El orgullo de los yankees o Raíces profundas, por citar sólo dos maravillosas películas para cuyo disfrute no necesita uno acogerse a pretextos culturales de ningún tipo.
Este sábado, en fin, me organicé un modesto triple programa buñueliano, para ilustrar la lectura que he venido haciendo estos días del espléndido y muy bien documentado libro de Román Gubern y Paul Hammond Los años rojos de Buñuel. Vimos, por enésima vez, pero con ánimo de redescubrimiento, Un perro andaluz, la citada La edad de oro y Las Hurdes/Tierra sin pan, las tres primeras películas del director aragonés. Y quizá por contraste con las dos que la flanqueaban, la del medio nos pareció, amén de técnicamente muy competente, bastante divertida... si uno prescinde de dos o tres salidas de tono bastante improcedentes y que, con el tiempo, han perdido ya toda la gracia que pudieran haber tenido en su momento.
Es -se ha dicho hasta la saciedad- una historia… Leer más


Hay películas que uno ha visto diez veces y olvidado otras tantas. No porque sean malas (si lo fueran, no volvería uno a verlas), sino porque la materia de la que están hechas es como ciertos alimentos: satisfacen y se digieren bien, pero, al cabo de dos horas, ni siquiera recuerda uno haber comido ese día. En cambio, hay películas que uno vio una sola vez, de niño, hace, pongamos, treinta y cinco años, y se recuerdan con una precisión y una nitidez absolutas. Volver a verlas es como explorar un ignoto rincón de nuestra memoria y tomar conciencia de que lo que allí se guardaba, sin que lo supiéramos, estaba gobernando nuestra sensibilidad y proponiendo una escala, una vara de medir, con la que contrastar otras situaciones (y no sólo películas) que pudieran tener algo que ver con la película en cuestión. Es una experiencia vertiginosa, una de las pocas que establece una continuidad clara entre el niño que fuimos y el adulto que somos, entre la edad intuitiva y receptiva y la edad analítica.
Vuelvo a ver El desencanto (1977), de Jaime Chávarri y constato, no sin cierta sorpresa, que la película no sólo no ha envejecido, sino que, despojada de ciertas asociaciones coyunturales, ha ganado en frescura y relevancia. Ya no es, en efecto, una metáfora de la Transición a la democracia, ni un juicio abierto a las generaciones que conocieron y toleraron la dictadura, sino una serena reflexión sobre las relaciones de familia, sobre la posible permeabilidad de valores y vivencias entre distintas generaciones y sobre el papel que en todo ello juegan las ambiciones personales, en este caso literarias, de algunos de los partícipes en el drama.
Una muchacha cabalga sola por un bosque y es asaltada por unos bandidos, que la violan y la matan. Los bandidos siguen su camino y llegan precisamente a la casa de los padres de la muchacha, donde, haciéndose pasar por jornaleros, son acogidos y se les ofrece trabajo. Pero el jefe de los bandidos intenta venderle a su anfitriona la hermosa camisa bordada que le arrebataron a su víctima, lo que despierta la sospecha de los dueños de la casa... Qué buen argumento para uno de esos westerns claustrofóbicos de Anthony Mann, al estilo de El hombre del Oeste, por ejemplo. Pero no es un western, no al menos declaradamente, sino una de las películas de ambiente medieval y asunto teológico de Ingmar Bergman: El manantial de la doncella. Y eso, naturalmente, cambia las expectativas. En el primer caso, al inevitable estallido violento hubiera seguido una renovada conciencia del vivir, a la que el recuerdo de una experiencia ingrata no aporta sino una especie de cansada lucidez. En el otro, que es el que tenemos entre manos, el desenlace apunta inevitablemente a una sublimación que se dirime en terrenos que escapan a las expectativas meramente humanas: el vengador incurre en nuevas culpas, su conciencia abrumada le lleva a hacer severos votos de penitencia, la naturaleza misma se une a esta atmósfera de desmesura, añadiéndole un milagro...… 






















